04/02/2022: Tutorías, una recomendación.

Las tutorías son esas reuniones que los MIR MFyC tenemos con nuestra tutora de vez en cuando, para ver qué tal vamos.  Oficialmente debemos tener una por trimestre y sirven para “revisar nuestro plan formativo”.

En mi unidad docente nos dan un formulario para rellenar con el tipo de reunión y los temas que hemos tratado.  Parece ser que hay muchas formas de tener una tutoría.  Puedes hacerla en el centro de salud, en la unidad docente, en un establecimiento donde podáis hablar, en una casa…   Pueden hacerse en cualquier momento, dentro o fuera del horario laboral.  Y pueden durar lo que estiméis oportuno, desde media horita hasta toda la tarde.  

Se pueden tratar muchas cosas importantes para los MIR:  las rotaciones, las guardias, las sesiones, los congresos, los cursos, la investigación, los grupos de trabajo, los problemas que surgen en el trabajo, la organización del calendario, los objetivos que se van cumpliendo y los que aún quedan por conseguir…  

Supongo que las tutorías se hacen a medida del tándem resi-tutor/a.  Confieso que inicialmente pensé que eran un incordio, luego vi cómo eran las nuestras, y ahora he de decir que las echo mucho de menos.  Fijar fecha y hora para dedicar un ratito a consolidar el tándem, es una gran inversión.

Si me preguntáis cómo hacemos las tutorías AC y yo… probablemente las hacemos regular. ¡Claro que revisamos mi plan formativo y rellenamos los formularios de tutorización! Necesito a mi tutora y sus consejos, y no puedo dejar que sean temas tangenciales que van saliendo en las mínimas pausas de la consulta.  Pero, por suerte, no sólo hacemos eso.  

Siempre que se puede, nuestras tutorías tienen lugar fuera del centro de salud.  Y es que parece mentira pero, si nos quitamos la ropa de trabajo, nos vestimos a nuestro estilo, nos tomamos algo (por mí, mejor que sea un buen vino) y nos sentamos fuera de la consulta... puedes ver mucho más que a dos médicas hablando, porque somos mucho más que eso.  Siempre que se puede, dejamos de mirar el reloj y la agenda.  Viene bien hablar sin prisas para no dejar nada en el tintero.  Y aunque a los MIR y a los tutores se nos da genial hablar de medicina, creo que es bueno cotillear un poco a veces para conocer algo que le gusta a tu resi y también algo que ilusione a tu tutora, algo que compartís y algo que os hace tan diferentes.   

Saltándonos todas las normas, a veces se cuela en nuestro tándem CCS, otro MFyC muy especial de nuestro centro de salud.  AC dice que es mi “tutor honorífico”.  Debe tener un poco de razón, porque él se empeña en seguir enseñándome cosas interesantes, y yo me empeño en hacerle caso.

En conclusión, creo que sabemos hacer muy buenas tutorías, pero también sabemos irnos juntas de congreso, quedar para comer, salir a cenar, ver una película, compartir música o lectura y hasta para probar un videojuego nuevo en realidad virtual (eso fue arriesgado). 

Ya veis que, aunque casi siempre cumplimos los objetivos de la tutoría, a veces nos salimos un poco del guión.  Pues bien, lo primero os lo van a solicitar, lo segundo os lo recomiendo yo. 



28/01/2022: Viernes de curso

Creo que mucha gente piensa que una vez terminas la carrera de medicina y haces el examen MIR se acabaron las palizas de estudiar.  Sin embargo, que nadie se lleve a engaño,  los médicos somos empollones a la fuerza y una parte bastante amplia del estudio se la llevan los cursos.  De esto precisamente quería escribir, de los millones de cursos que hacemos los MIR MFyC. 

El juego de los cursos empieza cuando abres la bandeja de entrada de tu correo electrónico.  Es como pulsar “start”, porque pueden aparecer casi en cualquier esquina.  No te das cuenta y de repente estás matriculada en uno nuevo, es alucinante.  De repente empiezas a ver “nuevo curso”, “abierta inscripción” y te das cuenta de que las sociedades científicas te los proponen, el colegio de médicos también lanza algunos, instituciones investigadoras de tu zona intentan que te apuntes y si algún laboratorio farmacéutico ha conseguido hacerse con tu mail ten por seguro que te mandará sus cursos y que ya nunca lo soltará.  Pueden ser cursillos, webinares, temas online, clases presenciales, muy cortos, muy largos, algunos son gratis, otros de pago, unos hablan de aspectos de la MFyC súper prácticos e interesantes y otros son tan específicos y aburridos como imagines.  Cuesta un rato encontrar ese que vale la pena.

Con o sin mucha idea entras en este juego para ganar puntos.  Va en serio, te apuntas a muchos cursos que ni siquiera te interesan para ganar puntos, créditos, méritos, como conchas los quieras llamar.  Se te olvida que estaban hechos para aprender, tú sólo los coleccionas para pasar a la siguiente fase.

Pero todo esto no puede distraerte de la misión principal, y es que hay un programa de cursos obligatorios por ser MIR de tu hospital, y cuando eres MIR MFyC tienes también un buen puñado de cursos, de nuevo obligatorios.  De hecho, prácticamente todos los viernes durante mi último año de residencia he tenido mañanas de curso en mi unidad docente, con todos mis compañeros.  Es como volver al cole, te sientas en el pupitre, tomas apuntes y hasta te mandan deberes y trabajos en grupo.  Cuando los temas son interesantes agradezco la oportunidad de aprender así, pero hay otros ratos en los que sencillamente hago dibujos, pues eso, como en el cole.

¡Ah! Y cualquier colega que se entere de algún curso nuevo interesante lo compartirá contigo por whatsapp.  Es muy frecuente que ante cualquier tema de conversación que tengas con ellos oigas “pues hice un curso sobre eso y…” y tú pienses “seguramente yo lo he hice también y no me acuerdo”.

A veces el juego se complica porque, en un innecesario alarde de capacidad y de afán por los dichosos puntitos; los MIR nos apuntamos, motu propio, a cursos a lo bestia que nos requieren mucho tiempo y esfuerzo. Los llamamos másters, expertos, diplomados.  Apuntarte es como subirle la dificultad al juego, porque sí, porque lo fácil ya lo tienes dominado y valoras lo justito tu tiempo libre.

Pero el jefe final de los cursos es el doctorado, los que han jugado me han contado que: o acabas con él o acaba contigo.

Si pudiera volver a empezar la partida de los cursos jugaría mejor.  Haría solamente esos que me aportan información de valor y de calidad para hacer mejor mi trabajo, no les daría prioridad sobre otras cosas que también tengo que aprender, no perdería el tiempo recolectando puntos.  

Y acabo ya la entrada que creo que el profe me está mirando... 

27/01/2022: F y L, mi unidad docente

Recuerdo que cuando me decidí a escoger Medicina Familiar y Comunitaria descubrí algo que, a priori, no me pareció tan importante como ahora sé que lo son, las unidades docentes.  

La unidad docente es la responsable (junto con los tutores) de que los MIR MFyC como yo, no sólo aprendamos, si no que aprendamos bien, y cumplamos el programa de la especialidad.   Por eso es otra de esas preguntas que tienes que hacer antes de coger tu plaza en un sitio o en otro.  Y no es tanto porque que haya unidades docentes muy buenas o muy malas, en absoluto.  Lo que de verdad debe preocuparte es que la que elijas sea capaz de cumplir tus expectativas.

A la unidad docente puedes pedirle muchas cosas, siempre y cuando entiendas que debes hacerlo con responsabilidad, te estás formando mientras estás trabajando.  

Pídele que sea un poco exigente pero muy comprensiva, porque vas a vivir tantísimos cambios en cuatro años que desestabilizarte es relativamente sencillo.  Pídele que te de oportunidades (que te informe de cursos, que te prepare formación interesante y de calidad, que te lance a plataformas de investigación, que te facilite la asistencia a los congresos) pero que lo haga desde el respeto a tu libertad.  Pídele que mantenga la puerta abierta, que siempre que tengas una propuesta que hacer, una motivación, una ilusión que contarles, puedas hacerlo sabiendo que es posible conseguir un "sí, adelante".  Pídele que defienda siempre tus derechos, que no deje que ninguna institución, ni el hospital ni el centro de salud sean los que marquen tu hoja de ruta, que no acepte fácilmente el argumento de "necesidades del servicio".  Pídele que cuente con tus compañerosy contigo para decidir, y que cuando tenga que tomar una decisión difícil sea transparente con vosotros.  Pídele que se mantenga cerca de todos sus residentes porque, a veces, quien menos se hace de notar es quien más ayuda precisa.

Mi unidad docente actualmente la componen F y L, pero ellos se hacen llamar UDOMFYC.  A pesar de ser responsables de nuestra formación en atención primaria, están metiditos en un agujero del hospital de referencia.  Pero tranquila, estarás en contacto e irás a verlos con relativa frecuencia.    Cada año de la residencia tiene sus particularidades, sus infinitas tablas de excel para organizar tu tiempo, sus eternos cursos, y sus extensos papeleos.  

En realidad, la súper secretaria (L) me salva la vida cada vez que no entiendo cómo solicitar un permiso, me equivoco en completar algún formulario, me falta algún papel por entregar o estoy a punto de olvidar algo pero recibo un correo recordatorio... recuerdo con cariño que cuando la pandemia empezó, L nos mandaba esos mails llenos de palabras de ánimo.

En realidad el jefe ahora es F.  Creo que F piensa que soy un poco rarita porque a veces le pido cosas tan extrañas como rotar en la cárcel, o solicito unos días para ir a dibujar a congresos de medicina gráfica...  Es un maestro de las tablas Excel, los formularios y los calendarios, de hacer con todo encaje de bolillos para que cada uno esté en el lugar que le corresponde en cada momento.  Aunque he de decir que la antelación... no es su fuerte, a veces quiere las cosas para ayer y nos vuelve un poco locos.

F no siempre te contesta lo que te gustaría oír, pero estoy segura de que siempre te escucha; y es que no es fácil hablar desde donde él se sienta.  Lo que sí sé que hace es leer mi diario, cotilla también es un rato.  

¡Saludos UDOMFYC!

15/01/2022: Se me agota la cuerda

¿Tú también tienes la sensación de llevar una palomilla a la espalda? La mía gira y gira durante la mañana en la consulta y se lleva mi energía poco a poco.  Normalmente sigue girando hasta el anochecer pero algo está cambiando desde hace dos semanas.  La agenda casi ha duplicado su tamaño, las citas superan los 60 pacientes muchos días y buena parte de ellas son casos COVID leves y bajas laborales.  Hay poco de MFyC en todo esto, hay tanta burocracia y datos innecesarios que la palomilla gira mucho más rápido dejándome en el cuerpo frustración, estrés y agotamiento.  Se me acaba la cuerda mucho antes de lo previsto, y sin embargo sigo trabajando varias horas, sin ánimo, sin energía, sin parar, sin paciencia.

Sobre las 15:30 o 16:00 como pronto,  salgo del centro de salud con sensación de no haber terminado del todo, aunque haya trabajado más que nunca.   Mientras vuelvo a mi casa caminando pienso en cómo volver al día siguiente, ¿de dónde saco yo la cuerda que me falta? 

De repente pienso en Petra y en esos pacientes especiales que vienen a consulta y traen su luz en medio de esta niebla de pandemia.  Entonces, noto como la palomilla empieza a girar en sentido contrario.  

Pienso en pacientes como Iván, que aún necesitan venir a la consulta porque se avecina su despedida y eso no puede esperar a que esta ola de COVID pase.  La palomilla sigue cargándome por dentro. 

Pienso en mis compañeros, en mis tutores y en tantos MFyC que a pesar de todo siguen acompañando a sus pacientes y sacan energía de la nada.   De alguna forma también yo puedo hacerlo, girar mi palomilla.  

Pienso en la medicina que deseo, una que ahora es imposible en ningún sitio, que ahora se ha ido lejos.  Pienso que sólo puede aparecer en esta consulta y no quiero perdérmela si vuelve.   

Y cuando llego a casa, cansada de pensar, acaban por darme la cuerda que necesito la música, el dibujo y tantas otras cosas y personas.  Porque por suerte no soy sólo medicina.

Así consigo tener cuerda suficiente para ir al centro de salud al día siguiente, lista para dejar que de nuevo se me gaste.  Así un día tras otro porque aquí apenas nada cambia, pero yo sí que cambio y ya no quiero ser este juguete a cuerda.  Cada día tengo más claro que esta no es la MFyC que todos quieren y que habrá que luchar para proteger la que aún nos quede, y para construir la que soñamos.

08/01/22: El EPI nos persigue

Hace unos días salí de guardia del hospital después de pasar 12 horas en el área COVID.  La llamamos “unidad de apoyo” de una forma poco acertada, porque eso es precisamente lo que nos haría falta, apoyo.

Mi look de trabajo cambia por completo, el EPI me ha atrapado.  Mi pijama blanco se esconde bajo una bata azul impermeable, doble guante de látex, doble mascarilla (FFP2 y quirúrgica), casco verde con pantalla transparente que solo deja ver que hay unos ojos cansados ahí debajo.  Más parezco una astronauta que intenta comunicarse con sus pacientes a 2 metros de distancia, que la MFyC que quiero ser…  

Encerrada en una consulta dedicada a pacientes con sospecha o diagnóstico de coronavirus sin signos de gravedad, que probablemente debieron aislarse y no acudir a verme urgentemente.   Son siempre las mismas preguntas “fiebre, tos, fatiga, desde cuándo, vacunación, resultado del test rápido, saturación, auscultación, aislamiento, paracetamol…”  Ya no parezco una astronauta, soy un robot.   

Mientras me quito el EPI pienso: “no me gusta esta forma de trabajar, no me gusto debajo del EPI, no les gusta la atención que les damos, son demasiados, somos muy pocos y mal organizados, necesitan información fiable, necesitamos respaldo, están enfermos, estamos agotados… No podemos más, no puedo más”.

Al salir del hospital me doy cuenta de que me pican mucho las manos porque quizá las haya limpiado más de 100 veces, he sudado en invierno más que en verano, me duele la cabeza como si todavía llevase puesto el casco, me lloran los ojos, tengo la cara roja y marcas que me escuecen detrás de las orejas lleve una o dos mascarillas.  De camino a casa me entra la tos y me descubro deseando que “solo” sea el asma.  

Al día siguiente en el centro de salud me espera una consulta infinita inundada de COVID.  Me rodean tantos sanitarios que se ahogan… Llevan demasiado tiempo cogiendo aire cuando baja la marea y aguantando la respiración bajo la ola.

La pandemia ha marcado mi MIR MFyC, la mascarilla queda en mis dibujos para que nunca se me olvide, porque las olas se siguen sucediendo y yo nado pensando que ojalá pudiera vestir sólo pijama blanco, romper los protocolos COVID y aprender otras cosas,  dejar de posponer “para cuando esto pase”, conocer la nariz de mis pacientes y que ellos conocieran mi sonrisa,  estrechar el contacto con mis coR y dejar de pensar en “contactos estrechos”,  que el centro de salud no hiciese aguas, vivir la MFyC como era antes.



23/12/2021: Cuidados paliativos

La entrada de hoy va dedicada a los cuidados paliativos y lo importantes que son para los MIR MFyC como yo.  Quiero que quede constancia hoy en mi diario, pero espero acordarme todos los días.

Mi primer contacto fue en la universidad, por elección propia, "cuidados paliativos" fue una optativa de 5º de medicina. Tuvimos un profesor brillante, ECG, que hablaba de acompañar pacientes, de formas de morir y muerte digna, de etapas de duelo, de familias que cuidan, de casas, también de dosis y de vías de administración, de efectos secundarios, de olvidar el diagnóstico y mirar a los síntomas, de últimos días, de ética... Nos descubrió a Cicely Saunders y su "velad conmigo".   He rescatado sus apuntes, son los únicos de la carrera que he vuelto a abrir.

Un año después hice mis prácticas con CCS, un MFyC que me hizo muchas preguntas que me ayudaron a situar los cuidados paliativos como una prioridad de casi cualquier médico, pero sobre todo, del médico de familia.  Cuando ya no hay nada que curar hay mucho que cuidar, y cuidamos hasta el final.  Si antes había evitado hablar de lo inevitable, con él, la muerte no parecía un tema "tabú".  Años después, viendo que sigo haciéndome preguntas, me regaló "Ayudar a morir" de Iona Heath.

Siendo MIR, durante mi rotación con el Equipo de Soporte de Atención Domiciliaria (ESAD), me enseñaron a poner en práctica todo lo anterior, le perdí el miedo a la vía subcutánea y a la morfina, también a comunicarme con personas que van a fallecer, parecía fácil, pero no lo es.  Rotar con profesionales que dedican todo su tiempo a llevar a las casas los cuidados paliativos es un lujo, una oportunidad. Me dejaron una lista tan larga de libros que aún intento terminarla, pero "Ser mortal" de Atul Gawande, ha hecho pódium.

Y ahora, en la consulta con mi tutora, AC, aprendo a priorizar estos pacientes.  Ella tiene claro que a veces significa dejar la consulta cuantas veces sea necesario para ir hasta sus casas,  significa estar en estrecho contacto con sus familias, a veces salir tarde, a veces salir llorando.   AC me dijo que leyese "Martes con mi viejo profesor" de Mitch Albom, en ello estoy.

Hace unos días CUSIRAR (Asociación aragonesa de Cuidados Paliativos), me concedió un premio en su concurso de dibujo "el arte de cuidar al final de la vida" y se lo agradezco mucho. 

Creo que donde quiera que nos posicionemos y seamos profesionales, pacientes, familiares, vecinos... tenemos que hablar más sobre cuidados paliativos, atención en los últimos días, sedación paliativa, buena muerte y muerte digna, porque son parte de nuestras vidas.  Así que gracias CUSIRAR por tomar parte activa en informar y divulgar sobre ello, por vuestro trabajo, por el concurso y por el premio.  

Gracias tutores por enseñarme su valor prioritario e irrenunciable en nuestra especialidad y por la idea de presentarme al concurso.  

Y gracias familia porque a mi padre y a mi tía les debo la destreza con el lápiz, a mi madre y a mi abuela la infinita provisión de papel y pinturetas, y a mi marido el aguante de verme absorta dibujando tantas noches...  Gracias a todos.

15/12/2021: ¡Esta gente es alucinante, déjenlos pasar!

Ayer estuve de guardia en el 061, en una de las bases donde tienen unidad medicalizada de emergencias (UME).  Significa que cuando el centro regulador llama porque alguien necesita ayuda,  salen pintando juntos en la ambulancia conductor, técnico, medico y enfermero; y hoy voy yo también a la aventura.  

La verdad es que cuando oigo que nos llaman, me noto temblar por dentro porque algo muy serio ha podido ocurrir.  Hay palabras que me anudan la garganta: convulsión, tráfico, inconsciente, accidente, parada... 

Subo corriendo a la ambulancia.  Me siento, me pongo el cinturón y no puedo evitar mirar nerviosa a mi alrededor.  En muy poco espacio hay millones de cosas que conocer, repaso mentalmente lo que nos hace falta en este caso.  Hay medicaciones en cajitas, sueros en las neveras, hay cables, sondas, tubos con una organización impecable, hay aparatos que cuelgan de las paredes (monitor, ventilador, aspirador...) y collarines, vendas, sillas... Todo traquetea cuando la ambulancia sale a toda velocidad y ya no me concentro.  Luces y sirena mediante, consigue que mi sensación de mareo se desmadre.  Por suerte, llegamos enseguida.

Al salir de la ambulancia el escenario puede ser cualquiera, y eso me inquieta.  Podemos estar en un pueblo, en una casa, en un local, en una residencia, en medio de una calle, en un bar, en plena autopista.  Cargamos las mochilas y lo necesario, y corremos donde estén las personas que necesiten ayuda.  

El trabajo en equipo es alucinante, es un engranaje veloz donde todos saben cual es su función.  Todos colaboran y en un momento el paciente puede estar lleno de cables, con una vía puesta, estabilizado y con mas o menos idea de lo que le ocurre.  Las decisiones se toman en cuestión de segundos, me parece admirable la serenidad que transmiten delante de la situación más dura... Yo me vuelvo pequeña cuando tengo el corazón tan encogido.
Intento seguir el proceso, participo en lo que puedo, y siempre procuro aprender por si un día me encuentro una emergencia y estoy sola.

Finalmente el paciente se traslada al hospital si es necesario y con él que vamos de nuevo a la ambulancia.  De vuelta hacia la base me esfuerzo por recuperar todo lo que acabo de ver porque ha ocurrido muy deprisa.  Si pudiera sacar la cabeza por la ventana de la ambulancia no harían falta sirenas, iría yo gritando "¡esta gente es alucinante, déjenlos pasar!" 

11/12/21: Escribiendo la historia de Adán

Hace unos días estuve de guardia.  La policía trajo de madrugada a Gema, de 23 años, hasta las urgencias del hospital.  

Tenía que verle un compañero que hace pocos meses que empezó a trabajar.  Leyó el motivo de consulta de Gema e inmediatamente vino a preguntarme qué hacer.  En triaje (el primer lugar donde enfermería pregunta algunas cosas al entrar en el servicio de urgencias), anotaron que tenía patología psiquiátrica, que por eso venía, que respondía al nombre de Adán, que no tardásemos en atenderle.

Le recomendé mantener la calma, lo primero era preguntar al paciente, pero entendí por su gesto que era un reto importante y me ofrecí a valorarle juntos.  Mi compañero desapareció; finalmente entendí que aquel caso era para mi.

Abrí la puerta del box, enseguida entendí que Adán era un chico que estaba sufriendo muchísimo.  Me acerqué a él, estaba hecho un ovillo en la camilla, cerrando los ojos con fuerza, huyendo del resto del mundo.  No lloraba, pero la humedad de su mascarilla decía que lo había hecho ya.  No hablaba pero la tensión de su cuerpo gritaba en su nombre.

“Adán… soy María, la médica. ¿Quieres contarme algo de lo que ha pasado?”  No contestó pero me miró al escuchar su nombre, un poco extrañado.  “Adán, puedo ayudarte, si tú quieres.  Voy a hacerte preguntas, puedes contestar tranquilo, mi obligación es no contárselo a nadie”.

Y por alguna extraña razón, tras 3 o 4 preguntas sin respuesta, empezó a contestar y confió en mi.  No quería vivir, no tenía fuerzas para seguir gritándole a la gente que Gema nunca existió, que Adán es quien tienen delante ahora.  La frustración le obligaba a llorar todos los días, trataba mal a las personas que más le querían, se hacía cortes, sentía incomprensión allá donde iba, incomprensión incluso por su propio cuerpo, vergüenza muchas veces, soledad en medio de mucha gente.  Las drogas estaban a su alcance desde hacía meses y le permitían olvidarlo todo a ratos, hoy había pensado que quizá podría olvidarlo todo para siempre.  

Después de aquella conversación tenía que explorarle.  Fue muy duro porque ni él mismo se sentía cómodo tocando su cuerpo y ahora tenía que hacerlo yo.  Palpé su abdomen mientras evitábamos mirarnos, aún así podía notar su incomodidad y su desprecio.  Decidí auscultarle sin quitar la venda de su pecho, seguí sin mirarle, noté por su respiración que tras aquel mínimo gesto de comprensión, los dos nos sentimos mejor.

Le dije que pasaría la noche en observación para que al día siguiente pudieran valorarlo los compañeros de Psiquiatría.  Me sorprendió diciendo: “vale, pero ¿estarás tú o tendré que repetirles todo?”.  Cuando le expliqué que yo registraba todo en la historia clínica porque mi turno de trabajo terminaba, me miró y me dijo muy serio: “pues antes de irte ya puedes escribir mi historia de puta madre” y se sonrió.   

Su relato y su exploración quedaron en el informe, intenté hacerlo bien y, a la mañana siguiente yo me fui a dormir, y luego comprobé que él se fue de alta más tranquilo.  Nunca sabrá que queda escrio también en mi diario, que su historia es ahora parte de la mía, y creo que nos ha quedado “de puta madre”.

24/11/2021: Los olvidados como Lorenza

Lorenza es muy muy mayor y la han traído a urgencias.  Sé que su corazón también es anciano y a veces se cansa, su piel se ha arrugado y ya no la protege del frío, ahora la debemos proteger del roce, su mente hace tiempo decidió deshacerse de todos sus recuerdos y poco a poco hizo que Lorenza se olvidase de caminar, de comer, de hablar...   Viene sola.  No tengo más información que la nota que trajo la ambulancia desde la residencia de ancianos donde vive, dicen que ha estado somnolienta, nada más.  

Me acerco y se despierta, me mira y aunque no me puede decir nada, sus ojos me cuentan que tiene miedo, mucho miedo.  Está en un lugar desconocido, con personas que visten de blanco y van corriendo a todas partes, con muchos sonidos metálicos, ruidos de camillas y puertas, y monitores que pitan.   Sé que tiene miedo, yo también lo tendría.   Pienso que igual no merece la pena que le explique que voy a explorarla, que van a pincharle en el brazo y que le dolerá, que van a llenarle el pecho de pegatinas pero que eso no duele, que la llevarán a otra sala para hacerle una placa del pecho y del abdomen, y que van sondarla para coger una muestra de orina, y no le va a gustar.  No me va a entender cuando le diga que tiene que quedarse aquí esta noche; aunque me presente no recordará mi nombre ni mi cara cuando me de la vuelta; pierdo el tiempo preguntándole si le duele algo.

Me acerco un poco más y toco su brazo casi sin pensarlo.  Lorenza lanza un gruñido, creo que grita "¡mamá!", y entonces... lo entiendo todo.  Yo también busqué a mi madre cuando de niña tuve miedo.  Le digo al oído que "soy María" y con cuidado voy enseñándole mis manos que van a palpar su abdomen, le muestro mi fonendoscopio que buscará los ruidos de su pecho y decido explicarle lo que vamos a hacer, no sé si me entiende pero creo que le gusta oír mi voz.  

Por un momento pude ver en ella a mi abuelo, él también se olvidó de mi.  Recuerdo echarle de menos aún cuando lo tenía al lado, recuerdo que él también tenía miedo incluso en su propia casa, recuerdo como lo cuidaban sus hijas, la inmensa paciencia de repetir las cosas, y sé que ese cariño nos lo devolvía durante algunos instantes en los que parecía acordarse de todo y rompía a llorar.   Entonces le prometí a mi abuelo que yo no alimentaría el miedo que ya tienen los pacientes con demencia avanzada, que a todos me acercaría con cuidado y a todos diría mi nombre.   Abuelo, no imaginas lo mucho que me has enseñado, aún sin estar conmigo, aún sin acordarte de nada.   Muchas gracias.

21/11/2021: Educación para la salud a través de Cristal

Hoy os presento a Cristal.  Forma parte de esos MFyC especiales que conozco, forma parte de un grupo que se ha puesto el alias de "empastillados", donde yo también intento echar una mano.

Se dedican a algo que llamamos "educación para la salud".  En realidad es comentar con las personas, con los pacientes, aspectos muy relevantes de su salud.  Los "empastillados" se han propuesto conversar sobre medicamentos, algunos como el omeprazol, el ibuprofeno y la amoxicilina sirven de ejemplo para valorar sus riesgos y beneficios, su uso prudente, su lugar en el autocuidado y en los determinantes de salud, y de allí a la alimentación, el ejercicio, el sentido más amplio de salud...  Han entendido que el formato de "soltar la chapa" no siempre es el más adecuado, han diseñado dos coloquios a los que un día puedes estar muy invitado; los llaman "medicamentos, los justos".

Un grupo de personas viene al centro de salud un par de jueves, sabemos sus nombres, contamos con ellos y participan en la dinámica del coloquio que a veces cambia alguna opinión, otras las afianza y siempre esperamos que sea compartida en sus entornos.  

Lo que hacen es valiosísimo, invierten buena parte de su tiempo y de su esfuerzo, pero lo dan todo gratis. Han tenido que reservar la sala, revisar el material porque el mensaje tiene que quedar claro,  preparar las fotocopias, llamar a los invitados, traer el ordenador, probar las conexiones, que todo esté preparado antes de que lleguen...  

Y yo no sé de dónde saca Cristal el tiempo y la energía.  No sólo es una gran "empastillada", además se compromete con los pacientes crónicos complejos para asegurar la calidad, controla la ecografía, enseña a los estudiantes la esencia de la medicina de familia, comparte siempre, ya sea ciencia, música o astronomía.  Ahora parece entusiasmada con un nuevo enfoque del dolor crónico... ¡creo que estudia hasta dormida!  Algún día la he visto cansada, pero jamás rendida.   Las más grandes médicas se esconden en las consultas más pequeñitas.

12/11/2021: La médica que se olvidó las gafas

Los MIR MFyC aprendemos muchas cosas a través de la observación.  Constantemente vemos actuar a médicos de otras especialidades, tutores, MFyCs, compañeros residentes, leemos lo que otros médicos investigan y descubren… y vemos muchísimos pacientes. 

La observación deja en nosotros impresiones subjetivas que son importantes y ocurren a diario.  Para observar mejor, yo llevo gafas.  Solamente las uso para estudiar, leer o utilizar pantallas, porque con ellas todo es mucho más nítido.  ¿Debería llevarlas en la consulta también?   Tengo la impresión de que todos llevamos nuestras propias gafas al trabajo.

Creo que a veces los MIR nos equivocamos sin darnos cuanta, dejamos nuestras gafas a los residentes con menos experiencia. Lo hacemos siempre con la mejor intención.  Queremos ayudarlos a distinguir bien el camino, a ver venir la tormenta con la que nos mojamos, la piedra con la que tropezamos, el sol que nos quemó.   Lo llamamos “consejos de R mayor”.

Nuestros mayores nos dejaron también mirar a través de sus gafas.  Vimos las rotaciones, las guardias, la organización… Vimos a los jefes, a nuestros compañeros, a los adjuntos, a veces también a pacientes que otros ya habían mirado.   Pensamos que podíamos ver nuestro futuro, pero sólo era el presente de otra persona, una mirada heredada.

Llevar las gafas de otra persona tiene sus riesgos.  Puedes perder matices, olvidar colores, distorsionar tu realidad, incluso marearte un poco. 

Nuestros pacientes merecen una mirada sin filtros, sin arrastrar diagnósticos y etiquetas eternos, sin prejuicios, merecen nuestra propia opinión, partir de cero de vez en cuando.   Nuestros compañeros merecen la oportunidad de trabajar juntos, debemos intentar descubrirnos siendo equipo.  Las rotaciones a donde vamos deben ser un escenario donde aprender, de donde extraer mucho o poco para llevar después a la consulta.  Los adjuntos, los MFyC, los médicos con quienes nos toca compartir consulta o urgencia, casi siempre tienen algo que enseñarnos, si les dejamos, casi siempre algo valioso que procuraremos reproducir, otras veces lo que debemos intentar evitar.

Por eso creo que lo mejor que puedo hacer es llevar mis gafas al trabajo, y lo único que puedo decir a los residentes que empiezan con ilusión sus proyectos es que, cuando los residentes mayores ofrezcamos nuestras gafas, echen un vistazo rápido y vuelvan a ponerse las suyas.   Es decir, querido R pequeño, escúchame pero no me hagas demasiado caso, que sólo tu experiencia conforme tu mirada.

09/11/2021: Mi resigráfica

Sin que nadie me lo haya pedido he decidido hacer un análisis de situación.  Parece que cuando nos dejamos conducir por la inercia del día a día viene bien resituarse, respecto al pasado, en el presente, con vistas al futuro.  Eso he intentado y como soy de naturaleza visual, hice una gráfica que llamaré "mi resigráfica".

En cualquier proceso académico, laboral o vital que experimento, puedo distinguir las etapas que se van sucediendo, en el caso de esta vía MIR están incluso marcadas por los años. 

El primer año lo llamamos R1.  Es un comienzo, plagado de presentaciones y muchísimas caras nuevas de compañeros, tutores, médicos, pacientes... Nuevos escenarios, centro de salud, hospital, urgencias.  Creer que necesitas un mapa a cada paso.  Pero está marcado por la ilusión y el entusiasmo.  En mi caso se inició desde 0, ninguna experiencia laboral previa, a la espalda mucho estudio pero poca práctica y la sensación (muy real) de "todo por aprender".   Fui entendiendo algunas cosas sencillas y cualquiera de ellas suponía un avance tremendo; de no tener ni idea, a saber sólo un poco el cambio es abismal.  Nunca me sentí sola porque nunca lo estuve, los R1 siempre tienen alguien con experiencia muy cerquita, supervisando.

El segundo año es lógicamente el R2.  La sensación al empezar es la de soltarse de la mano.  Aunque no estaba sola sentía que la responsabilidad se subía a mis hombros y la supervisión se volatilizaba.  Seguía aprendiendo mucho, con más esfuerzo pero muy buen ánimo y de repente... una pandemia nos puso del revés a todos.  Volvimos al centro de salud pero ya no era el mismo.  Se me olvidó aprender, estuve enferma, muchos lo estuvieron, y en pocos meses entendí que sobrevivir implicaba un compromiso, recuperar el tiempo robado.   Y con esfuerzo titánico creo que lo conseguí finalmente.

Llegó el tercer año, el R3.  Llevaba dos años fuera del centro de salud, rotando por el mundo del hospital y las consultas de otras especialidades, aprendiendo despacio.  Echaba mucho de menos la MFyC (Medicina Familiar y Comunitaria), sólo pensaba en volver a mi centro de salud.  Y volví, y me choqué con una agenda a doble cara que en ninguna otra consulta había visto, un programa de ordenador indomable que me hacía y me hace rabiar, restos de pandemia sobre la mesa y el teléfono, una tutora contenta de tenerme con ella, tantos pacientes por conocer, algunos MFyCs por descubrir.

Sin darme cuenta era y soy R4.  Estoy en la mitad del último año y el tiempo se ha detenido en una espiral de consultas a rebosar y guardias que ya no dan tregua.   Sobrevivir a la consulta, reponerme de las guardias son mis objetivos, disfrutar durante el poco tiempo libre que tengo es el capricho que me doy,  aprender huyó a un segundo plano hace unos meses.  

Perseguir la excelencia en lo que hacemos parece agotador, yo creo que es un mito o al menos está al alcance de muy pocos.  Diariamente se hace duro elegir "entre lo bueno y lo perfecto", aunque la elección es clara cuando se hace sin tiempo, sin fuerzas, a veces sin dormir.  

Quizá debería ajustar mis expectativas a mis posibilidades, o quizá con esfuerzo pueda ser algún día tal y como me sueño.  Nada hay escrito sobre cómo será mañana, cualquier momento es bueno para escribir mi propia historia, cambiar mi "resigráfica". 



25/09/2021: Hacemos eeeeco, eeeeco, eeeco....

Hoy quiero presentar una herramienta nueva, que a 3 MIR y un MFyC nos ha arrastrado a cruzar en tren la península, desde Zaragoza hasta Granada, con un manual en la mochila cada uno y mucho que aprender.

Es la ecografía y es para nosotros.  No sólo porque a mi generación le cautive una pantalla y un joystick, no sólo porque está “de moda” o por hacer algo distinto.  La eco nos permite echar un vistazo a lo que hay bajo la piel, al interior.  Es una nueva ventana que nos enseña algunas cosas que antes sólo intuíamos o escuchábamos, incluso radiografiábamos a veces y ahora las vemos en tiempo real.  Cuantas más ventanas abrimos, más luz entra en la consulta y quedan menos sombras, menos dudas. Puede que el día de mañana la sonda llegue a ser un tercer brazo del MFyC, puede que integremos en la exploración la ecografía clínica y puede que los MIR tengamos asegurada la formación en este campo que hoy tan sólo parece de interés para unos pocos. 

Pero no es tan sencillo como apoyar el aparato en el paciente y ser espectador de lo que ocurra.  Hacer ecografía es ser consciente de lo que uno busca, cuando y dónde buscarlo, reconocerlo cuando lo encuentras y saber qué hacer con ello.  Exige mucho estudio y horas de práctica, las manos nunca antes nos habían emitido ultrasonidos, lo normal es que al principio no sepas ni dónde ponerlas.  Nuestros ojos están acostumbrados al color y ahora tienen que adaptarse a ver en blanco y negro la película, y extraer la información que encierra su escala de grises, y te aseguro que no es poca.  Lo normal es que, al principio, no lo veas muy claro que digamos.

En el proceso de aprender yo tengo muchísima suerte.  Tengo dos compañeros que quieren que entrenemos con frecuencia, ahora la eco es un deporte de equipo.  Tenemos un tutor que se ha hecho con el aparato y se defiende con soltura; y generoso nos permite ver sus experiencias y nos acompaña en una práctica guiada si queremos, es el entrenador que nos regala parte de su tiempo y de lo que sabe.  Él lo llama “hacer mano” como si fuera poco; yo lo llamo “pasar con Luis” y me parece un lujo.

Si he de decirle algo al MFyC que me lea es que se busque algún aliado y se aten al ecógrafo a ratitos, el riesgo es que aprendan algo nuevo y que les guste… y al año que viene se crucen el país como nosotros porque la ecografía les enganche, nosotros encantados.


16/09/2021: Despedida de María

Hoy quiero acordarme de una paciente sin pseudónimo, se llamaba como yo, María.

Era una mujer luchadora, una lectora empedernida, con una vida plena acompañada de su marido pero no de sus pulmones, que hartos de soportar los años de tabaco, atrapaban el aire y la atraparon a ella encadenándola a una bombona de oxígeno cada vez más horas al día.   Sonaba a voz ronca y tos profunda.  Ella conocía bien su fatiga y su tos, las podía medir, las usaba de guía. 

Llamó de nuevo para decir que iban aumentando otra vez, que lo notaba, que el aire no le entraba como antes, creía que había vuelto la bacteria que anteriormente se agarraba a su pulmón y que había costado fármacos y tiempo desterrar.  Y otra vez la consulta, medicación y búsqueda del bicho intruso que le cambiaba la tos y le robaba el aire ahora, ¿porqué no mejoraba?

La última vez que hablamos me contó que no estaba segura de que fuese la bacteria, su vieja conocida.  Hacía un ruido nuevo al coger aire, yo lo llamé estridor, ella no lo nombraba pero también lo oía.   Me dijo que no quería ir al hospital, que si se encontraba peor nos llamaría, nos despedimos como otras veces.  

- "cualquier cosa nos dices por favor..."

- "no te preocupes que lo haré, adios tocaya".

Me llamaba tocaya porque sabía que a mi me hacía gracia, incluso ahora que lo recuerdo me sonrío.  Me fui unos días de vacaciones y me acordé de ella.  Cuando volví a la consulta decidida a llamarla o pasar a verla, el ordenador me dijo que ya no podría hacerlo.  Ella se había marchado y, allí sentada frente a la pantalla lloraba su tocaya.

Decían en el informe que el estridor se había apoderado de ella y se la llevó al hospital.  Y tenía razón, sabía que no era una bacteria, era un tumor que en pocos días le robó todo el aire.   Me despedí de María, la imaginé volando lejos, llevándose algún libro para el viaje.

03/09/2021: La práctica hace al MFyC

Muchos médicos me dijeron que la mejor forma de aprender a ejercer la medicina es ejerciendo, que me olvidase de aprender a ser MFyC detrás de un libro, mirando a otros; que hay cosas que sólo se aprenden con un paciente delante.  Tenían bastante razón aunque hoy me atrevería a matizar.  Hace falta estudiar mucho para sentarse frente a alguien que sufre, y aún sentándonos muchas veces, nunca llegaremos a estar preparados para todo, siempre habrá un dolor diferente en una persona distinta, creo que se aprende algo todos los días. 

La experiencia parece, en todo caso, la mejor forma de retarnos a mejorar, poniendo cara y nombre al desafío, el mejor aprendizaje. 

Pero para que toda esa práctica sirva de algo y deje poso, necesitamos un feedback.  Necesitamos un análisis de lo que hacemos, de lo que hicimos, del resultado.  Necesitamos volver sobre nuestros pasos para ver dónde no volveremos a pisar y dónde dejamos la huella correcta.  Es bueno evaluar los resultados, revisar con distancia las decisiones que tomamos, a veces después de una consulta rápida, otras con horas de estudio, a veces por la inercia de lo que vimos hacer a otros, y en ocasiones con la intuición como guía.  Sólo así puedes configurar al MFyC que aspiras ser sabiendo que no hay una única manera de hacer las cosas, y que aunque siempre pongamos la mejor intención, no todo sale como quisiéramos, no acertamos siempre.

La mayoría de las decisiones se toman en consulta, se toman en una auténtica montaña rusa.  Agosto me ha enseñado que no es lo mismo mirarla desde abajo que estar subida en ella; darse una vuelta y bajar, que seguir montado y repetir y repetir... Tampoco montar solos o acompañados deja las mismas sensaciones.  Sé que si me subo sola me gusta que mi tutora me espere abajo.   Porque mi feedback lo consigo gracias a AC, que ha vuelto a la consulta.  Porque ahora valoramos en equipo las experiencias que viví yo sola, ahora puedo contarle porqué lo hice y escuchar lo que ella haría,  ahora somos tándem, ahora aprendo aún más, ahora sí que sí. 



31/08/2021: Los ojos de Petra

Petra me preocupa, mucho.  Lleva muchos años a la espalda y le duelen, las dos cosas.  Está triste desde que la conozco, ha perdido mucho, ha vivido las muertes más proximas, su marido y su hijo no están, pero ella aún los siente, aún les habla aunque nadie conteste.

El tiempo la ha ido dejando mayor y sola, y aunque se defiende como puede, últimamente las lumbares le limitaban demasiado.  Vino más triste que antes, con la ropa mucho más holgada, vino a decirme, "tengo algo malo dentro, lo noto".  Me dijo que quería encontrarlo y yo me puse a buscar,  busco por todas partes procurando no hacerle daño.  

Encontré un dolor, antiguo conocido que había vuelto, que no la dejaba moverse, dormir, comer, hacer su vida de antes.  Un nuevo estudio me hizo falta para saber que no había nada nuevo.  Vamos controlando el dolor y Petra va viniendo a la consulta y va comiendo, va durmiendo y ya no está tan triste. Yo seguiré buscando porque aún le va grande su vestido verde, aún no es la Petra que yo conozco.

Petra me preocupa; pero hace unos días me hizo ver que también yo le preocupo a ella. 
- ¿Tú eres la médica de la semana pasada?
- Sí Petra, soy María.
- Ah! Pues hoy estás más guapa.
- ¿Y eso? ¡Llevo la misma ropa!
- Yo te veo mejor, serán tus ojos hija.

Y así, sin más motivo que habernos visto en un apuro y estar saliendo juntas, me dio las gracias y un abrazo, y me curó de golpe. 

Lleva razón, la semana pasada las dos compaartimos un mal día, y ya estamos mejor.  Yo lo noto en sus ojos, ella en los míos.  No se me olvidará el momento en que el abrazo de una frágil anciana me levantó en el aire y me devolvió a mi sitio.  Entendí porque estoy donde estoy.  Decidí seguir aquí, acompañar a Petra en lo que sepa y que vea en mis ojos otra vez eso que la dejó tranquila.  No sé que fué, pero que lo vean todos.




27/08/2021: Un capote

Ojalá incluyeramos en el MIR MFyC un espacio para rotar con otros médicos que nos rodean.  Se puede aprender mucho de quien trabaja en la puerta de al lado, haciendo la misma medicina pero con otro estilo.  Cada consulta tiene vida propia porque su MFyC se la concede. 

La entrada de hoy es precisamente para una MFyC que conozco y con la que rotaría bien a gusto.  Os presento a MSL.  Sólo una vez me senté a su lado en su consulta y pude ver como trabaja.  Desde entonces creo que es una guerrera con mucho criterio, ahora además sé que es una docente estupenda.  Aunque no tengamos el privilegio de que sea tutora, a mi ya me ha enseñado un par de cosas importantes.   

Ella tiene arrestos suficientes para presentar un caso en un congreso que hable de un error médico propio, y hacerlo desde la humildad y con máximo respeto.  No hay apenas médicos dispuestos a compartir conmigo sus "puntos de mejora", con esa valentía de admitir que nos equivocamos, con la determinación de querer evitar que ocurra lo mismo a otros pacientes, la generosidad de que otros compañeros aprendan a su costa. 

MSL me anima a investigar algunas cosas,  creo que se hace preguntas con frecuencia y que está dispuesta a buscar respuestas en equipo.  No es fácil encontrar a alguien que después de una dura jornada se pase por tu consulta para darte la idea de un proyecto nuevo, y te ofrezca un compromiso tan real para desarrollarlo.

Pero sin duda, lo que más valoraré de ella siempre será el capote que me ha echado estos días.  Haciendo un hueco en su tiempo, sabiendo que había pasado un rato muy desagradable en la consulta,  ha entrado para acompañarme un momento,  para escuchar mi último sinsabor con una paciente difícil que ella conoce, para darme su opinión al respecto, con tacto, con paciencia, con acierto.  No ha tenido miedo de hablarme de lo que pocos se habían atrevido antes, de la ruptura de la relación médica-paciente, de lo que nos puede hacer sentir, de lo que supone para nosotras, de afrontarla con entereza.  Tiene la habilidad de hablar muy claro, de decir la verdad aunque sea incómoda.   Una conversación sincera se ha convertido en una de las mejores tutorías que he tenido, y creo que ella no lo pretendía.  

Tiene toda la razón cuando dice que a todos los médicos nos haría falta reflexionar sobre esta circunstancia, porque nos puede pasar tarde o temprano; que nos falta formación para saber sobrevivir a una discusión con un paciente, a un mal día de consulta; que esto debería ser parte indispensable del temario de la carrera, debería caer en el examen.  Su conclusión me vale, pero yo añadiré que debería explicárnoslo MSL.  

Gracias por todo.  Te debo una bien gorda compañera.



22/08/2021: Vuelvo

Un viento nuevo me devuelve a la consulta.  Lleva un poco de cierzo de mi pueblo, otro tanto de brisa marina, aire caliente de la casa de mis padres, vendaval de mensajes con amigos, algún suspiro nuestro, inercia compartida, un soplo desde el cielo, una chispa de ruah.

Vuelvo aunque sepa que otra vez será difícil, vuelvo sin garantías de mejora, vuelvo sabiendo que habrá nuevos incendios porque siento que a esta especialidad hoy su nombre le viene grande.   Pero vuelvo porque sé que a pesar de todo este es mi sitio.  Ha sido duro darme cuenta de que algo me ha atrapado, que la pasión por mi trabajo me llevará de la realización a la locura una y mil veces, que ni puedo ni quiero aprender a ser MFyC de otra manera, o en otra parte.  

Un viento me hace atravesar de nuevo la puerta de la consulta.  Sé que no hay otro lugar donde recuperar la esperanza, donde ocurra la magia de ser médica tal como yo lo entiendo.  A veces me abruma tanta confianza depositada en tan poquita cosa,  que ganen tanto peso unos pocos minutos,  que pueda cambiar tanto con tan pocas herramientas.  A veces me parece que es todo un privilegio sentarme en esta mesa y otras estoy encadenada a ella.

No sería tan duro ver como se desmonta nuestra especialidad si no le diéramos el tremendo valor que tiene.  Nos dolería menos la vocación sin tanto compromiso.  Pesaría muy poco cada intento sin tantas ilusiones puestas en el futuro.

El viento no me deja opción a dudas.  Vuelvo aunque me queje, aunque me canse, aunque diga que no volvería.  Me espera un calendario lleno, una pantalla a tope, un pijama limpio, un teléfono insistente, una sala de espera impaciente, una pila de papeles.  Esperad un momento que el viento trae a la Dra Escori.

13/08/2021: No sé mañana…

Hoy he cerrado la puerta de la consulta por fuera, con prisas para poder llegar a la cuarta guardia de la semana, con 160 h trabajadas en los últimos 14 días, después de haber bregado con demasiadas tempestades durante las mañanas en consulta,  pilotando sola el barco, faltándome tripulación por todas partes (dos semanas sin la almirante, AC, ni las oficiales de abordo, enfermería).  Cierro la puerta y abandono el naufragio, y por primera vez desde que empecé a trabajar, me voy con una extraña y desagradable idea en la cabeza “mejor lo dejo”.

No será por no haber preparado antes mi viaje en solitario, no será por no haber contado con apoyos un MFyC diferente ha tocado mi puerta cada día “búscame si necesitas algo”, no será por no haber echado el resto dentro y fuera del trabajo, o quizá fue por eso.

Será que a veces solo importa atender cuantos más pacientes mejor, sin pensar quién lo hará, cómo, o a qué precio.  Será que pensamos que todo cabe y forzamos lo que ya está dado de sí.  Será que casi nadie piensa en la persona que hay bajo la bata.  Será que la capacidad que creí tener era espejismo y que me falta resiliencia ante el desastre, que me fié de lo propuesto en lugar de proponer lo más fiable.  Aún soy marinera, capitanes, a lo mejor un mes en alta mar me hundo, sigamos navegando los miércoles por la bahía.

Será también que me ha desorientado esta doble identidad que me hace ser MFyC de día y médica de urgencias por las noches.  A veces puede resultar confuso y cuesta alternar un escenario con el otro.   Hoy me da miedo revisar los días libres en mi calendario y preguntarle a mi reloj cuanto he dormido, algo seguro porque he soñado ya dos veces que hacía un MIR distinto. 

Es la primera vez que salgo y no quisiera entrar de nuevo, que dudo que merezca la pena tanto esfuerzo, tanto tiempo, tanta vida.  Salí sintiendo solamente desencanto, no es rabia, no es rencor, no me enfado, ni tampoco me arrepiento, pero no tengo fuerza para seguir luchando por la especialidad de la que me enamoré y hoy me descubre sus miserias.  MFyC, hoy no siento que seas mi sitio.  No sé donde he dejado la ilusión y las ganas que me trajeron hasta ti, no sé porqué sólo me acuerdo de lo malo que me das y de lo mucho que me quitas.  No recuerdo donde he guardado los pequeños triunfos acompañando a mis pacientes, ni porqué no escucho a la buena gente que aún cree en ti aunque tú los maltrates.   

Te dejo.  Me tomaré unos días para recuperarme, cierro la puerta y esperaré que el fuego se consuma y yo esté lejos, no quiero ni mirarlo.  Encontraré a la Dra. Escori y la traeré de vuelta.  Es la primera vez que cojo vacaciones como huída, dejando tras de mi los restos de un incendio.  Hoy quema, no sé mañana…




04/08/2021: Casi me quemo

Cuando empecé la residencia, muchos experimentados R mayores me advirtieron sobre los fuegos que durante 4 años de trabajo pueden quemarte y hacerte daño.  No les creí, más bien pensé que a mí no me pasaría, que la vocación y la motivación me proporcionarían una capa ignífuga y me protegerían, siempre.  

Hoy me he descubierto al final de la mañana enfadada en consulta.  Me he dado cuenta al escucharme reprochándole a una paciente por teléfono sobre un tema burocrático, con buena parte de razón pero en un tono áspero que no es mío, con prisas, a un ritmo poco amable, sin ganas.  Una respuesta que jamás había dado antes me alarmó, “no te creo”; yo no soy así.  El humo había invadido la consulta, maldito intruso, ¿tú de dónde sales y porqué no me dejas respirar? ¿qué me está pasando?  ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Que me quemo! 

Era fuego que hoy se ha interpuesto entre nosotras (mi paciente y yo) para arrasar con las mejores herramientas de que dispongo, la escucha, la paciencia y la empatía.    Lo he apagado con dificultad, me he disculpado, ella también y hemos terminado la consulta, sofocado el incendio, con un “gracias María” y “cuídate”.  Entre las cenizas he encontrado sobrecarga de trabajo, mucho cansancio, estrés, cierto desencanto, algunas inseguiridades, autoexigencia y una deuda de tiempo para tantas cosas… siguen ahí, aún quedan ascuas.

He aprendido que en las épocas de más trabajo, de cambios, de nuevos retos; se producen más incendios.  Soy inflamable, como todos, y por eso la prevención es tan importante.  Es bueno conocer las ascuas y no dejar a la vocación la dura tarea de extinguir los incendios.  Lo digo porque casi me quemo.



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