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24/04/2022: Vienen juntos Marina e Iván

Venían juntos a la consulta, casi siempre.  Pero el paciente siempre era Iván, aunque quien más hablaba siempre fue Marina, la quimioterapia le sentaba fatal a él, verlo empeorar la consumía a ella.   Vinieron a la vez, pero Iván se marchó mucho antes de lo previsto.

Marina lanzaba cientos de preguntas, las citas, la medicación, la dieta, el peso, las pomadas, la última analítica, el informe, oncología, los marcadores... pudimos contestarle casi todo, pero había respuestas que ninguno conocíamos.  Iván apenas nos preguntaba nada, pero cuando lo hizo nos dejó sin respuestas: ¿Cuándo mejoraré?, ¿me quitará el dolor esta medicación?, ¿estaré más fuerte?, ¿descansaré algún día?  No mejoró, el dolor le sorprendía a veces, perdió la fuerza poco a poco, se complicó y hoy ya descansa.

Recuerdo intentarlo todo para acallar las molestias que el cáncer le ocasionaba, recuerdo decirle que ahora el miedo y el dolor eran nuestro único enemigo, recuerdo callarme pensando "con el cáncer ya no podemos hacer nada" y tener la sensación de que me escuchase igual.  Recuerdo hablar de que las fuerza bajaría poco a poco, quitándole importancia al hambre y al peso, recuerdo sugerir que la familia estuviera cerca.

Un día Marina nos dijo que querían regresar a su país de origen para terminar allí esta historia.  Nos contó que era más fácil volver con Iván aunque apenas le quedasen fuerzas para subir al avión, porque no podría permitirse el precio de llevarlo fallecido.  Detesto recordar que no les dio tiempo.  Su historia terminó aquí, lejos de su tierra, complicándose en un hospital, él despegó sin ella.

Venían juntos, y ella siempre vendrá con él, nosotras somos sus médicas de familia.

08/02/2022: Angustias

Hay nombres de pacientes que van asociados a una imagen, a un sonido, incluso a una sensación.  Hay nombres que, sólo con leerlos en la agenda, despiertan emociones. 

El nombre de Angustias me recuerda su silla a motor trayéndola hasta la consulta, me hace oír de nuevo su resuello interrumpiendo casi todas sus frases, me hace volver a sentir la complejidad que nos traía a la consulta desbordando nuestros tiempos.

Ella era una paciente frágil. Tenía una fragilidad visible que su silla suplía sólo un poco; y otras ocultas, que sólo podían escucharse en su relato.

Angustias vino hace varios meses a la ciudad.  Vino ella sola, dejó casa y familia, pero trajo un extenso historial médico y mucha medicación.  Su aspecto aparentaba más edad de la que constaba en su ficha.  Pronto supimos que había envejecido también todo lo que no se ve.  Sus riñones agotados, necesitaban diálisis cada 2 días.  Sus pulmones cansados la fatigaban con cada movimiento y aun sólo con hablar.  Su corazón latía en equilibrio inestable, indolente decidía frenar, empeorando todo lo demás.  Los fármacos que intentaban ayudarla, también la castigaban con sus efectos secundarios, incordiando a su estómago, provocándole caídas, sembrando moratones en su piel… 

A pesar de todo, venía con su “moto” a la consulta, tenía más energía en el alma de la que su propio cuerpo podía ofrecerle.  Y aun conociendo su vulnerabilidad corporal (sabíamos que podía darnos un disgusto cualquier día), estoy segura de que no nos contó todas las fragilidades interiores que la hacían llorar en la consulta con frecuencia, e hicieron que pasase sus últimos meses viviendo en un hotel, lejos de su tierra y de los suyos.

Angustias era una paciente frágil que hace unas semanas se rompió.  Y aunque no me sorprendió que ocurriese, porque mirarla era como mirar un vaso de cristal que rueda despacito hacia el borde de una mesa, cuando AC me dijo que había fallecido, sonó a cristales rotos y dolió como pisarlos.

Angustias ya no viene a la consulta, su nombre no aparece en nuestra agenda.  Por eso quiero dejarlo escrito en mi diario, a ver si así consigo que me traiga de nuevo a la memoria su imagen y sus ruidos, que vuelva un poco de esa compasión que despertaba, que de alguna manera se quede conmigo.

11/12/21: Escribiendo la historia de Adán

Hace unos días estuve de guardia.  La policía trajo de madrugada a Gema, de 23 años, hasta las urgencias del hospital.  

Tenía que verle un compañero que hace pocos meses que empezó a trabajar.  Leyó el motivo de consulta de Gema e inmediatamente vino a preguntarme qué hacer.  En triaje (el primer lugar donde enfermería pregunta algunas cosas al entrar en el servicio de urgencias), anotaron que tenía patología psiquiátrica, que por eso venía, que respondía al nombre de Adán, que no tardásemos en atenderle.

Le recomendé mantener la calma, lo primero era preguntar al paciente, pero entendí por su gesto que era un reto importante y me ofrecí a valorarle juntos.  Mi compañero desapareció; finalmente entendí que aquel caso era para mi.

Abrí la puerta del box, enseguida entendí que Adán era un chico que estaba sufriendo muchísimo.  Me acerqué a él, estaba hecho un ovillo en la camilla, cerrando los ojos con fuerza, huyendo del resto del mundo.  No lloraba, pero la humedad de su mascarilla decía que lo había hecho ya.  No hablaba pero la tensión de su cuerpo gritaba en su nombre.

“Adán… soy María, la médica. ¿Quieres contarme algo de lo que ha pasado?”  No contestó pero me miró al escuchar su nombre, un poco extrañado.  “Adán, puedo ayudarte, si tú quieres.  Voy a hacerte preguntas, puedes contestar tranquilo, mi obligación es no contárselo a nadie”.

Y por alguna extraña razón, tras 3 o 4 preguntas sin respuesta, empezó a contestar y confió en mi.  No quería vivir, no tenía fuerzas para seguir gritándole a la gente que Gema nunca existió, que Adán es quien tienen delante ahora.  La frustración le obligaba a llorar todos los días, trataba mal a las personas que más le querían, se hacía cortes, sentía incomprensión allá donde iba, incomprensión incluso por su propio cuerpo, vergüenza muchas veces, soledad en medio de mucha gente.  Las drogas estaban a su alcance desde hacía meses y le permitían olvidarlo todo a ratos, hoy había pensado que quizá podría olvidarlo todo para siempre.  

Después de aquella conversación tenía que explorarle.  Fue muy duro porque ni él mismo se sentía cómodo tocando su cuerpo y ahora tenía que hacerlo yo.  Palpé su abdomen mientras evitábamos mirarnos, aún así podía notar su incomodidad y su desprecio.  Decidí auscultarle sin quitar la venda de su pecho, seguí sin mirarle, noté por su respiración que tras aquel mínimo gesto de comprensión, los dos nos sentimos mejor.

Le dije que pasaría la noche en observación para que al día siguiente pudieran valorarlo los compañeros de Psiquiatría.  Me sorprendió diciendo: “vale, pero ¿estarás tú o tendré que repetirles todo?”.  Cuando le expliqué que yo registraba todo en la historia clínica porque mi turno de trabajo terminaba, me miró y me dijo muy serio: “pues antes de irte ya puedes escribir mi historia de puta madre” y se sonrió.   

Su relato y su exploración quedaron en el informe, intenté hacerlo bien y, a la mañana siguiente yo me fui a dormir, y luego comprobé que él se fue de alta más tranquilo.  Nunca sabrá que queda escrio también en mi diario, que su historia es ahora parte de la mía, y creo que nos ha quedado “de puta madre”.

24/11/2021: Los olvidados como Lorenza

Lorenza es muy muy mayor y la han traído a urgencias.  Sé que su corazón también es anciano y a veces se cansa, su piel se ha arrugado y ya no la protege del frío, ahora la debemos proteger del roce, su mente hace tiempo decidió deshacerse de todos sus recuerdos y poco a poco hizo que Lorenza se olvidase de caminar, de comer, de hablar...   Viene sola.  No tengo más información que la nota que trajo la ambulancia desde la residencia de ancianos donde vive, dicen que ha estado somnolienta, nada más.  

Me acerco y se despierta, me mira y aunque no me puede decir nada, sus ojos me cuentan que tiene miedo, mucho miedo.  Está en un lugar desconocido, con personas que visten de blanco y van corriendo a todas partes, con muchos sonidos metálicos, ruidos de camillas y puertas, y monitores que pitan.   Sé que tiene miedo, yo también lo tendría.   Pienso que igual no merece la pena que le explique que voy a explorarla, que van a pincharle en el brazo y que le dolerá, que van a llenarle el pecho de pegatinas pero que eso no duele, que la llevarán a otra sala para hacerle una placa del pecho y del abdomen, y que van sondarla para coger una muestra de orina, y no le va a gustar.  No me va a entender cuando le diga que tiene que quedarse aquí esta noche; aunque me presente no recordará mi nombre ni mi cara cuando me de la vuelta; pierdo el tiempo preguntándole si le duele algo.

Me acerco un poco más y toco su brazo casi sin pensarlo.  Lorenza lanza un gruñido, creo que grita "¡mamá!", y entonces... lo entiendo todo.  Yo también busqué a mi madre cuando de niña tuve miedo.  Le digo al oído que "soy María" y con cuidado voy enseñándole mis manos que van a palpar su abdomen, le muestro mi fonendoscopio que buscará los ruidos de su pecho y decido explicarle lo que vamos a hacer, no sé si me entiende pero creo que le gusta oír mi voz.  

Por un momento pude ver en ella a mi abuelo, él también se olvidó de mi.  Recuerdo echarle de menos aún cuando lo tenía al lado, recuerdo que él también tenía miedo incluso en su propia casa, recuerdo como lo cuidaban sus hijas, la inmensa paciencia de repetir las cosas, y sé que ese cariño nos lo devolvía durante algunos instantes en los que parecía acordarse de todo y rompía a llorar.   Entonces le prometí a mi abuelo que yo no alimentaría el miedo que ya tienen los pacientes con demencia avanzada, que a todos me acercaría con cuidado y a todos diría mi nombre.   Abuelo, no imaginas lo mucho que me has enseñado, aún sin estar conmigo, aún sin acordarte de nada.   Muchas gracias.

16/09/2021: Despedida de María

Hoy quiero acordarme de una paciente sin pseudónimo, se llamaba como yo, María.

Era una mujer luchadora, una lectora empedernida, con una vida plena acompañada de su marido pero no de sus pulmones, que hartos de soportar los años de tabaco, atrapaban el aire y la atraparon a ella encadenándola a una bombona de oxígeno cada vez más horas al día.   Sonaba a voz ronca y tos profunda.  Ella conocía bien su fatiga y su tos, las podía medir, las usaba de guía. 

Llamó de nuevo para decir que iban aumentando otra vez, que lo notaba, que el aire no le entraba como antes, creía que había vuelto la bacteria que anteriormente se agarraba a su pulmón y que había costado fármacos y tiempo desterrar.  Y otra vez la consulta, medicación y búsqueda del bicho intruso que le cambiaba la tos y le robaba el aire ahora, ¿porqué no mejoraba?

La última vez que hablamos me contó que no estaba segura de que fuese la bacteria, su vieja conocida.  Hacía un ruido nuevo al coger aire, yo lo llamé estridor, ella no lo nombraba pero también lo oía.   Me dijo que no quería ir al hospital, que si se encontraba peor nos llamaría, nos despedimos como otras veces.  

- "cualquier cosa nos dices por favor..."

- "no te preocupes que lo haré, adios tocaya".

Me llamaba tocaya porque sabía que a mi me hacía gracia, incluso ahora que lo recuerdo me sonrío.  Me fui unos días de vacaciones y me acordé de ella.  Cuando volví a la consulta decidida a llamarla o pasar a verla, el ordenador me dijo que ya no podría hacerlo.  Ella se había marchado y, allí sentada frente a la pantalla lloraba su tocaya.

Decían en el informe que el estridor se había apoderado de ella y se la llevó al hospital.  Y tenía razón, sabía que no era una bacteria, era un tumor que en pocos días le robó todo el aire.   Me despedí de María, la imaginé volando lejos, llevándose algún libro para el viaje.

31/08/2021: Los ojos de Petra

Petra me preocupa, mucho.  Lleva muchos años a la espalda y le duelen, las dos cosas.  Está triste desde que la conozco, ha perdido mucho, ha vivido las muertes más proximas, su marido y su hijo no están, pero ella aún los siente, aún les habla aunque nadie conteste.

El tiempo la ha ido dejando mayor y sola, y aunque se defiende como puede, últimamente las lumbares le limitaban demasiado.  Vino más triste que antes, con la ropa mucho más holgada, vino a decirme, "tengo algo malo dentro, lo noto".  Me dijo que quería encontrarlo y yo me puse a buscar,  busco por todas partes procurando no hacerle daño.  

Encontré un dolor, antiguo conocido que había vuelto, que no la dejaba moverse, dormir, comer, hacer su vida de antes.  Un nuevo estudio me hizo falta para saber que no había nada nuevo.  Vamos controlando el dolor y Petra va viniendo a la consulta y va comiendo, va durmiendo y ya no está tan triste. Yo seguiré buscando porque aún le va grande su vestido verde, aún no es la Petra que yo conozco.

Petra me preocupa; pero hace unos días me hizo ver que también yo le preocupo a ella. 
- ¿Tú eres la médica de la semana pasada?
- Sí Petra, soy María.
- Ah! Pues hoy estás más guapa.
- ¿Y eso? ¡Llevo la misma ropa!
- Yo te veo mejor, serán tus ojos hija.

Y así, sin más motivo que habernos visto en un apuro y estar saliendo juntas, me dio las gracias y un abrazo, y me curó de golpe. 

Lleva razón, la semana pasada las dos compaartimos un mal día, y ya estamos mejor.  Yo lo noto en sus ojos, ella en los míos.  No se me olvidará el momento en que el abrazo de una frágil anciana me levantó en el aire y me devolvió a mi sitio.  Entendí porque estoy donde estoy.  Decidí seguir aquí, acompañar a Petra en lo que sepa y que vea en mis ojos otra vez eso que la dejó tranquila.  No sé que fué, pero que lo vean todos.




26/07/2021: Visitas al palacio de soledad

Todos tenemos pacientes que por motivos de inmovilidad o fragilidad apenas salen de sus casas.  Personas que necesitan que, aunque no ocurra nada nuevo, los visitemos para asegurar que nada cambia o acompañarles en sus cambios.  Consiste en sentirlos cerca y que nos sientan con ellos, medicina de constancia.  Supongo que cada MFyC pensará al leerme en unas pocas personas a las que conocen sólo en el escenario de sus hogares, que con frecuencia se cuelan en sus memorias, “¿cómo estará? Hace tiempo que no nos vemos, un día de estos paso por su casa…”  Personas por las que, de vez en cuando, hacen un hueco en su agenda a codazos, maletín en mano salen a la calle, cruzan el umbral de esa puerta conocida y pasan un ratito sentados en el sofá, a la mesa, al borde de la cama.

Lo llamamos domicilios programados, o “pasar a dar vuelta”.  Hoy quiero presentar uno de ellos, las visitas al palacio de Soledad (su pseudónimo no es casual, alerta spoiler).

A Sole siempre le parece bien que pasemos a verla, siempre abre con emoción la puerta de servicio y nos acompaña hasta un salón preparado para las visitas.  Con añeja elegancia nos ofrece un tentemié y se sienta con nosotras para contestar, extensa y atropelladamente, a la única pregunta que permite formular “¿qué tal estás Sole?”.  Empieza siempre de la misma forma “pues mal…” y mis oídos siguen atentos su relato pero mis ojos se escapan e inquietos se deslizan por los detalles de la escena.  La historia de su familia quedó esculpida en los adornos de su casa, el comedor es un santuario a sus recuerdos donde encontrarás viajes de altura impresos  en viejas fotos, cultura clásica almacenada con lomos desgastados y páginas intactas, valiosas herencias de familia que ha ido desapareciendo, regalos que un día transportó el cariño y hoy quedan inmóviles en su vitrina.

Soledad los mira y podría devolverlos a su época precisa en un monólogo que saltaría de uno a otro, evocando una nostalgia infinita.  Recuerda todo lo que ocurrió, sin embargo se olvida cada día de tomarse la pastilla de la tensión.  Venimos para recordarle que es importante que la tome, pero no le gusta que le demos consejos, quiere que nos dediquemos a escucharla.

Tiene una enfermedad neurológica.  Le obliga a levantarse despacio, a caminar con apoyo de una muleta, a pasos cortos, por los recorridos invariables de su casa.  Le fuerza a mover la cabeza como negando todo, todo el tiempo, un movimiento que parece secundar el pesimismo que la envuelve.  Transforma su voz en un susurro tembloroso; diera la sensación de poder agotarse en cualquier momento, y refleja inevitablemente toda su fragilidad.

Sabe que tiene temblor esencial, no es eso lo que la hace llorar cada vez que hablamos con ella.  Echa de menos a su marido, más bien su sombra, lo que fue antes de deteriorarse y entrar en la residencia, echa de menos a su hija, más bien su piel, porque su voz atenta aguarda a una llamada de distancia.

Mira a diario las huellas tras de sí y echa de menos a quien las hizo, una mujer más joven y más acompañada.  Tiene miedo de seguir pisando y que ya no queden huellas que dejar, y llora, siempre llora.

Soledad se ha instalado en los relatos melancólicos de su pasado y se ha encerrado entre los muros de un palacio que la entiende.  Ni su hija, que habita al otro lado del teléfono, ni nosotras, que visitamos el palacio con frecuencia, podremos rescatarla de sus recuerdos, liberarla de su pena, cerrar la puerta al despedirnos sin saber que se queda llorando en su palacio.



30/06/2021: ¿Puedes llamar a mi hija?

Hace varios meses, conocí a mi hepatopaciente favorito, Gero. Venía remitido por su médico de toda la vida, al que en pocas ocasiones se había acercado a saludar.  Venía para quedarse.  

El culpable era un hígado castigado por el alcohol desde hacía mucho tiempo.  Se había defendido a cicatrices y ahora, agotado, dimitía de casi todas sus funciones imprimiéndole a Gero un color amarillento en los ojos y la piel, un color que presagiaba el ingreso en el hospital desde la primera mirada que cruzamos.

Me contó que había sido poco a poco, que le dolía el costado desde hacía meses, las piernas y el abdomen ganaban el volumen que al resto del cuerpo le faltaba, y le costaba coger aire y caminar desde hacía semanas. Me contó que vivía solo y que solo el espejo se percataba en silencio de su cambio de color.  Yo le dije que en el hígado había algo más que las cicatrices, y que era grave, y merecía toda mi atención y la suya. Después de un silencio me preguntó sólo una cosa "¿Puedes llamar a mi hija Julia?"

Me sorprendió que al preguntarle su número de teléfono no necesitó que le acercase el móvil, lo dijo de memoria y al instante, como dirías tu fecha de nacimiento.

Me fui al despacho, marqué, me presenté y Julia, al otro lado, respondió. Le dije que su padre iba a ingresar, que estaba muy grave, que podría venir a acompañarlo un momento mientras yo lo atendía.  Me interrumpió para gritar que no vendría, que ya sabía suficiente, me advirtió que no la llamásemos de nuevo porque ya no quería conocer el final de esta historia.   Le pedí disculpas y entre sollozos colgó el teléfono.

No sabía cómo contárselo a Gero, ensayaba de camino al box, me sentía capaz de explicarle con detalle que su hígado lo abandonaba, pero no tenía ni idea de cómo decirle que su hija renunciaba a venir a despedirse.  Evitando que el contacto visual me delatase, me senté en su camilla, le cogí la mano y cuando quise empezar a hablar y nos miramos, me di cuenta de que estaba ya todo dicho.  "No va a venir. "

Lo supo incluso antes que yo.  Me contó que no había sido el padre que hubiera deseado, que hacía muchos años que no hablaban por muchas y poderosas razones que le pesaban, que había cometido errores a su juicio imperdonables que dejarían a dos nietos sin conocer a su abuelo amarillo.  Pero tenía que intentarlo ahora que el semáforo de la piel se le ponía en ámbar, y antes de detenerse por completo lo intentó.  Me dijo que la echaba de menos a diario y que sólo quería verla; creo que quería pedirle perdón.

Gero falleció días después y por más que revisé la historia clínica nadie apuntó si habló con Julia o no.  Nos empeñamos en apuntar dónde le dolió, pero no escribimos lo que de verdad le hizo sufrir.

Con Gero aprendí muchas cosas sobre cirrosis hepática, hepatocarcinoma, síndrome hepatorrenal... pero también entendí que no debemos esperar para hacer esa llamada que nos ronda la cabeza, que con el tiempo la culpa es un parásito que solo sabe crecer,  que reunir valor para pedir perdón nos hace tan grandes como saber perdonar, y que hay que intentarlo siempre y hasta el final.


30/05/2021: Conociendo a Dan

La otra noche, en una de mis guardias de Pediatría (noches de hospital infantil, de atender a pacientes desde 28 días hasta 14 años de vida, de lloros, de mocos, noches que a veces me regalan un dibujo abstracto, a veces me hacen dudar si no hubiera sido una pediatra feliz, a veces son noches de anticoncepción infalible).  Bueno, en mi última aventura con los pediatras, conocí a Dan.

Dan es un niño de ocho, ocho, ocho, ocho años, que no sonríe, no te mira, habla muy poco y se porta genial.  Dan viene por tos, tos, tos, tos, desde que esta mañana salió de su colegio de educación especial.  La madre de Dan me lo cuenta todo y yo me pongo mi EPI para escuchar cómo funcionan los pulmones de Dan y verle la garganta.

A Dan no, no, no, no le parece una buena idea y menos con las pintas que llevo.  Sentado en su silla está ocupado contando todas las cosas que tengo en el box, cuenta hasta llegar a cuatro, cuatro, cuatro, cuatro, porque es su número favorito.  Todo lo que dice lo repite cuatro veces porque creo que a él le suena muy bien así y yo me entero mejor.

Dan nunca se quita la ropa, "no toques el rojo" me dijo agarrándose la camiseta de ese color.  Al intentar colocarme cerca para negociar con él... rocé su zapatilla.  Enfadado y lloroso me aclaró "ya vale, ya vale, ya vale, ya vale".

Su madre me explicó que Dan sabía de sobra lo que iba a pasar: conoce la exploración al dedillo, pero Dan no tiene un pelo de tonto, tiene un TEA (trastorno de espectro autista) y tiene muy claro que hay una forma de hacer las cosas que va más con su estilo. 

"Así, así, así, así", cogió mi fonendo y lo fue colocando donde se escuchaba perfectamente su corazón y sus pulmones, y donde no llegaba a colocarlo, su madre le ayudaba con cuidado.  Cogió el otoscopio y lo puso en sus oídos, luego me dejó manejarlo para ver ese tímpano brillante, abrió la boca mirando al techo para ver esas tremendas anginas inflamadas y al cerrarla dejó claro de nuevo "ya vale, ya vale, ya vale, ya vale".

Pues sí Dan, ya vale de pensar que sólo hay una manera de hacer nuestro trabajo.  Gracias por ponerme en mi sitio, que está donde tú quieras que me ponga, gracias por colaborar conmigo aunque yo no colaboré contigo,  me has dado una lección diciéndome tan solo cuatro cosas muy bien dichas, déjame que te de las gracias, gracias, gracias, gracias.


12/05/2021: la pregunta de JG

Hoy hemos terminado la mañana como más me gusta; con visitas domiciliarias.  
Si hay algo que hace verdaderamente diferente la MFyC, y que a mi me cautiva cada día, es que esta medicina se mueve.  A mí me saca de mi zona de confort, me levanta de la silla, me arrastra a la calle y me adentra en la intimidad de los pacientes si ellos me dejan pasar.  Y es que hay personas que no pueden desplazarse hasta la consulta para vernos, que no podemos atender a través de un teléfono, hay personas como JG, que necesitan que acerquemos la medicina a sus casas.

A sus 96 añitos, JG vive en una residencia de ancianos, bueno ahora vive entre una cama y un sillón, bajo su manta de cuadros.  Nos cuentan que desde hace semanas no le apetece mucho comer ni beber, no tiene ganas de hablar, no se mueve, todo le cansa, pero está tranquila y quiere dormir.  

La encontramos dormida bajo su manta y junto a la ventana, con una radio encendida que han colocado con cariño sus cuidadoras porque la mantiene relajada.  Con cautela echo un vistazo, me acerco, cuento sus respiraciones, miro su color de piel, le tomo el pulso y sin querer la despierto, me agarra de la mano que intentaba encontrar un ritmo en su muñeca, abre un poco los ojos, me mira y me pregunta aún adormilada "¿oye, me muero?".  Me descolocó y solo acerté a devolver una caricia en su mano y contestarle sin pensar: "ahora no JG".  Me permitió explorarla, contestó con calma que no tenía dolor, que no necesitaba nada, volvió a su murmurada ecolalia habitual y se quedó plácidamente dormida de nuevo cuando nos despedimos.  

No le mentí, aún no se muere, pero no le dije toda la verdad, probablemente no tarde mucho más.  Aunque no sé si JG lo recordaría debí decirle que no coma si no quiere, que no hable si no puede, que disfrute de la música y de la ventana y que no me importa volver siempre que nos necesite hasta que le apaguen la radio, hasta que se apague su vida.

06/04/2021: La sutura de herida más complicada

Hoy salgo de una guardia de traumatología.  La trauma urgente abarca muchas cosas, pero lo más frecuente es el dolor después de un golpe,  esguinces, fracturas, quemaduras, heridas... He recordado que hace 6 o 7 meses, en una de estas guardias, conocí a Marta.

Marta es una chica jóven, que aún va al instituto, que se hizo un corte superficial pero bastante largo en su antebrazo derecho, una noche de verano.  Mientras me preparaba para coserle, le iba preguntando: "¿cómo y cuándo te la hiciste?, ¿te has puesto todas las vacunas?, ¿eres alérgica a algo?, ¡mueve los dedos de la mano!, ¿notas que te toco?"  Ella no contestaba tan apenas, asentía y lloraba sentada en la camilla.  Entonces me di cuenta, no lloraba por el dolor del corte: "Marta, cuéntame qué pasa, quiero escucharlo".

Me dijo que su madre había fallecido hacía un año, que se sentía sola y que se había hecho mayor deprisa y derepente; que el corte se lo había hecho ella misma porque "esta es la única forma que tengo de gritar sin que nadie me oiga".   Fue fácil anestesiar la piel pero el dolor venía de otro sitio,  el duelo le sangraba día a día, nadie cura una herida como lo hace una madre.  Empecé a suturar y me siguió contando.  Algunas noches imaginaba que hablaba con su madre, que aún estaba con ella, pero esa noche sólo hubo silencio y la sintió tan lejos que le quiso gritar tan fuerte como pudo y se le abrió la piel.

No pude evitar dejar caer alguna lágrima cuando me lo contaba, y al verme conmovida ella se serenó.  Creo que fueron 10 o 12 puntos en el brazo, difíciles de dar como ninguno.  Acordamos que si el corte en la piel necesitaba curas todos los días con betadine y dejar un tiempo los puntos de sutura,  la herida más profunda también necesitaba constancia en sus cuidados, quiso retomar los recursos que hacía un año le habían ayudado.  Acordamos que intentaría no gritar de nuevo, que su madre la escucha si susurra hacia dentro.

04/04/2021: usted no es médica de urgencias

Antes de contar esta historia tendría que aclarar que los MIR MFyC como  yo, hacemos guardias.  Quiere decir que, aparte del trabajo de la consulta por las mañanas, tenemos 4 o más bien 5 días diferentes al mes.  Son días en los que no descansas porque de la consulta corres hasta la urgencia de tu hospital de referencia y no sales de allí hasta las 8 de la mañana del día siguiente.  Da vértigo la suma pero suponen 24 horas de ininterrumpido trabajo.

Pues bien, en una de esas madrugadas de guardiana conocí a Manuel, mi oncopaciente favorito.  Tiene un tumor que le ha dejado múltiples réplicas de si mismo por el cuerpo y sabe que no le va a dejar envejecer.  Le da la lata porque a veces le duele, a veces le sangra, a veces le angustia; pero con un poco de ayuda lo va manejando y solo necesita venir a urgencias de vez en cuando.  

- "Bueno Manuel, todo ha salido más o menos en su línea, hoy no necesita que le pongamos sangre, el dolor está controlado y, lo más importante, usted quiere irse a casa y descansar allí y yo no se lo voy a complicar si está en mi mano".  

Conforme con el plan, lo llevaba con su familia para hablar también con ellos, cuando me sorprendió diciendo:

- "María, usted no es médica de urgencias, ¿verdad?"

- "Hoy sí Manuel, pero el resto de los días soy médica de cabecera.  ¿Porqué me lo pregunta?"

- "Porque parece de esos médicos que vienen a mi casa y me preguntan lo que prefiero hacer.  Así que muchas gracias, no le diré a nadie que usted no es médica de urgencias." 

Y para qué explicarle nada más si él ya tiene claro a dónde pertenezco.  Gracias a ti Manuel, guárdame el secreto.




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